En un mundo cada vez más globalizado, es decir, donde las relaciones culturales se vuelven más estrechas a pesar de ciertas limitantes, es cada vez más común ver familias donde se hablan varios idiomas. Un libro escrito por la autora española Anna Solé Mena titulado “Multilingües desde la cuna. Educar a los hijos en varios idiomas”, trata este fenómeno como algo interesante y creciente a la vez. El caso concreto de hijos que tienen padres que dominan varios idiomas, y en donde ellos también tienen esta capacidad comunicativa, es un hecho comprobado.

Del libro se puede decir además que no es tan reciente. Su publicación por parte de la Editorial UOC en 2010 despertó un interés por el estudio de estas familias multilingües. Las relaciones entre los integrantes de estas familias son sencillamente dignas de análisis. Es impresionante cómo algunos niños aprenden a dominar la lengua que pertenece al país donde viven (la cual, en teoría, podría considerarse su lengua materna), y pueden hablar con sus padres en los idiomas originales de estos.

Si bien se analiza la situación, es claro que esta particularidad se da sobre todo entre los casos de inmigrantes que se encuentran en distintas regiones y deciden formar una familia bajo las condiciones de la nación que los ha adoptado. De todas maneras, no es necesario que se presente este hecho: es lógico que padres con un elevado nivel cultural, o simplemente que han vivido bajo condiciones similares de multilingüismo, apliquen esta misma “táctica” dentro de las nuevas familias que han formado.

Un caso expuesto por Mena en su citado libro da cuenta clara de esta situación de multilingüismo. Una niña llamada Leyla, de seis años, vive cerca de Bruselas, la capital de Bélgica. Se supone que Leyla es belga (no lo aclara la información central de donde se extrajo esta historia). La madre de esta pequeña es francesa, y además de su idioma materno, esta se puede expresar en árabe, español e inglés. Aparte de estos idiomas, habla un poco de holandés e italiano. El padre de Leyla es escocés; además de hablar inglés, por supuesto, también se hace entender perfectamente en francés y habla, como su esposa, algo de holandés.

Leyla recibe dos comunicaciones distintas de sus padres. Ellos les hablan en sus lenguas natales, es decir, la madre en francés y el padre en inglés. Leyla los entiende perfectamente, pero en ella se impone el hablar holandés, que es el que se habla en el colegio donde estudia.

 

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